La escena es casi universal en la vida moderna: llegas a casa después de una larga jornada laboral en Medellín, el cansancio pesa en los hombros y, tras cumplir con la rutina de la cena o acostar a los niños, te sientas en el sofá. A un lado, tu pareja. En medio, un silencio que solo se rompe por el sonido de las notificaciones de los celulares o por una pregunta logística: “¿Pagaste la cuenta del gas?” o “¿Quién recoge a los niños mañana?”.
De repente, te das cuenta de que la complicidad, las risas compartidas y el deseo han sido reemplazados por una gestión eficiente de la vida cotidiana. Ya no se sienten como amantes, ni siquiera como amigos; se sienten como socios comerciales o «roommates» (compañeros de cuarto) que comparten gastos y un techo, pero que habitan mundos emocionales distintos.
Si te sientes identificado, este artículo es para ti. No es el fin de la relación, pero sí es una señal de alerta que la Terapia Sistémica y Cognitivo-Conductual nos invita a escuchar.
1. La trampa de la rutina: El amor no es una planta de plástico
Existe un mito peligroso en nuestra cultura: la idea de que el amor, una vez encontrado, se mantiene solo. Creemos que el «felices para siempre» es un estado inercial. Sin embargo, desde la psicología clínica sabemos que el amor es un proceso activo, no un sentimiento pasivo.
La rutina es, paradójicamente, necesaria para la estabilidad, pero es el enemigo número uno del erotismo y la conexión emocional. Cuando entramos en «piloto automático», dejamos de curiosear sobre el otro. Asumimos que ya lo sabemos todo de nuestra pareja y dejamos de hacer las preguntas que hacíamos al principio.
La trampa de la rutina consiste en priorizar lo urgente (las cuentas, el aseo, las obligaciones) sobre lo importante (el vínculo). El amor no se mantiene solo; se construye, se repara y se alimenta con decisiones diarias.
2. El impacto de los hijos: Cuando el «Papá» y la «Mamá» devoran al «Tú» y «Yo»
Para muchas parejas, el punto de quiebre hacia el estado de roommates ocurre con la llegada de los hijos. La crianza es una tarea noble y exigente que requiere una cantidad inmensa de energía física y emocional.
Es común que la identidad de pareja quede desplazada por la identidad de cuidadores. En mi consulta, veo frecuentemente cómo la comunicación se vuelve 100% operativa. Se habla de pañales, de notas escolares y de disciplinas, pero se olvida preguntar: “¿Cómo te sientes tú hoy?”.
Cuando la pareja se convierte exclusivamente en un equipo de crianza, el espacio sagrado de la relación se erosiona. Es vital recordar que la mejor base para una crianza saludable es una pareja sólida. Los hijos crecen y se van; si no cuidan el vínculo hoy, se encontrarán con un nido vacío y un extraño al lado.
3. Tres micropasos para reconectar (Desde la Terapia Sistémica)
La buena noticia es que la conexión no se recupera necesariamente con grandes gestos o viajes costosos, sino con cambios pequeños y constantes en la dinámica del sistema de la pareja. Aquí te propongo tres «micropasos» basados en la evidencia clínica:
A. Los 10 minutos de «Charla No Logística»
Establezcan una regla de oro: 10 minutos al día para hablar de cualquier cosa que NO sea: hijos, dinero, problemas domésticos o trabajo.
-
¿De qué hablar? De tus sueños, de algo que leíste, de un recuerdo de la infancia, de cómo te sientes respecto a ti mismo.
-
El objetivo: Recuperar la curiosidad por el mundo interno del otro. Es volver a ser «amigos» que se cuentan cosas.
B. El poder de la mirada y el contacto físico breve
En la fase de roommates, el contacto físico suele limitarse al sexo (que empieza a escasear) o a roces accidentales. La Terapia Sistémica enfatiza la importancia de los rituales de conexión:
-
El abrazo de 20 segundos: Al llegar a casa, un abrazo largo ayuda a liberar oxitocina y reduce el cortisol (la hormona del estrés).
-
Contacto visual: Mirarse a los ojos mientras se saludan, aunque sea por unos segundos, envía una señal al cerebro de que «el otro me ve y me importa».
C. Identificar el «Ciclo de Pelea»: ¿Quién persigue y quién se retira?
Todas las parejas tienen un baile o ciclo negativo cuando hay desconexión. Generalmente, uno de los dos «persigue» (pide atención, critica o reclama para intentar conectar) y el otro «se retira» (se queda callado, se encierra en el trabajo o el celular para evitar el conflicto).
-
El ejercicio: La próxima vez que sientas tensión, detente y piensa: “¿Estamos cayendo en nuestro ciclo?”. En lugar de atacar, intenta decir: «Siento que nos estamos alejando y eso me asusta, me gustaría estar cerca de ti». Hablar desde la vulnerabilidad rompe el ciclo de los roommates.
Conclusión: El camino de regreso al «Nosotros»
Sentirse como compañeros de cuarto es una etapa por la que pasan muchas parejas, especialmente en una ciudad tan acelerada como Medellín, donde las exigencias externas son altas. No significa que el amor se haya acabado, sino que el vínculo está pidiendo mantenimiento.
La conexión es un músculo que se entrena. Requiere intención, voluntad y, a veces, la guía de un profesional que ayude a desenredar los nudos que los años y el silencio han creado.
¿Sientes que el silencio en tu hogar se está volviendo demasiado pesado? Recuperar la complicidad, el deseo y la risa es posible con las herramientas adecuadas. No esperen a que la brecha sea insalvable. Te invito a mi consulta para crear un espacio seguro donde puedan volver a encontrarse, hablar desde el corazón y reconstruir su proyecto de vida juntos.